
Aquella noche de invierno, el cuadrante de Júpiter sobre leo dejaba caer su luz cósmica sobre Clazómenas, la aldea comercial y cuna de artesanos y alfareros que vio nacer al hombre que llamarían luego el padre de la fantaciencia. Corría entonces el año 500 a.C. y se preparaban a celebrar la Olimpíada 70.
Hegesíbulo, su padre, llevaba en la sangre la hidalguía y la fortuna propia de todo distinguido terrateniente y éste al notar la inteligencia sin par de Anaxágoras, descargó la educación de su hijo en las manos de Anáxímedes quien lo orienta en las matemáticas, la geometría pitagórica y le inculca la práctica del método de observación.
Estando en edad de merecer, tampoco escapó a los lazos del amor y como sucede en todo ritual talámico, Anaxágoras también cruzó el portón de su casa con una clazomenia en brazos para formar una familia, la cual algunos años después abandona por amor a la filosofía. No quería sentirse atado a los hijos y mucho menos a sus bienes y un buen día decide entregar su fortuna a sus parientes y trasladarse a la majestuosa Atenas. Estando allí tiene acceso a deliciosos discursos sobre la vida, el pensamiento y el arte de filosofar.
Cierta noche sueña con una esfera de fuego que cae del cielo muy cerca del río Egos, tal vez impresionado por una lluvia de meteoritos que para esos días estaba sucediendo. El hecho más que una predicción fue una premonición y el fenómeno celeste se llevó a cabo 65 días después durante la olimpíada 78 en un lugar de Tracia junto al rumoroso Egospotamus.
En el 480 y a los veinte años el oblicuo Anaxágoras ya era un diestro educador que tenía a su cargo a Pericles, ese astro naciente que proyecta su luz sobre la civilización clásica griega. El siglo de Pericles fue el siglo de Sócrates, Sófocles y por supuesto de Anaxágoras. Pericles aprendió de Anaxágoras la oratoria, la honestidad, su sentido estético, la actitud pacifista del estratega, su amor por las letras, la música y el arte escultórico. Años después y en prueba de su profundo agradecimiento habría de salvar a su maestro de una muerte deshonrosa.
Solo veía por él su criado Evángelo quien estaba encargado de su alimentación y de mantener la casa en orden. El maestro estaba demasiado ocupado en la búsqueda de la razón de las cosas, en el estudio aplicado de las leyes de la naturaleza y especialmente en la observación metódica de las estrellas a las que llamaba, en medio de un delirio poético: “enormes piedras incandescentes”.
Y es que no podemos negar que algunas de sus expresiones tienen un involuntario estilo poético. Miremos algunos ejemplos: “Digo que el sol es... más grande que el Peloponeso”. “La luna es una región plana de la cual parece haberse caído el león de Nemea”. ‘El sol presta a la luna su brillo”. “Llamamos iris al brillo del sol en las nubes” u otra llena de ternura además de ingenua y que es citada por Aristóteles: ‘Anaxágoras dice que las plantas son animales y sienten alegría y tristeza y da como argumento el cambio del follaje.”
No estuvo exento de los impíos que a menudo hacían mofa llamándolo “Charlatán de lo que está en las alturas”, metereoloscoi -le decían. Pero es natural que los alcances del primer hombre que se auto-llamó “ciudadano del universo”, no lograra ser comprendido por el común de las gentes. No fueron pocas las veces en que alguno se le acercara para echarle en cara su despreocupación por la política y su marcado desdén por los asuntos de su patria. A lo que Anaxágoras con una profunda convicción y dirigiendo su índice a la bóveda celeste aseguraba: “Siempre me ocupo de las cosas de mi patria”.
Debió retomar la concepción de Anaxímedes sobre el aire para dar un paso más en el estudio de la física, la astronomía y también de la astrología porque en la antigua Grecia era pan diario el reconocer a los dioses en aquellas lejanas y enigmáticas agrupaciones de estrellas, llamadas constelaciones. Podía amanecerse contemplando, estación tras estación, cómo giraban hacia el mismo lado como en una pantalla negra y dibujaba mapas, eclipses, realizaba cálculos y encontraba respuestas al verdadero movimiento de las estrellas, y por supuesto, al origen del universo.
Platón admiraba a Anaxágoras y le gustaba citar esta enigmática frase, ”Todas las cosas estaban juntas, panta chremata después, al llegar el intelecto, Nous las ordenó cósmicamente”. Pero, llegar a un elemento que unifique todas las cosas y comprender que existe una fuerza generadora que clasifique e imprima las características particulares de cada especie, sea animal o vegetal, aquello que mueve y mantiene esa máquina universal cósmica a la que todos pertenecemos, debió ser producto de un minucioso análisis deductivo. El éter, el aire, el agua, el fuego y la tierra eran cinco elementos, stoicheia y no cuatro. Reconocer en todas las cosas, la esencia de la vida, de la mente, del espíritu, el Nous de Anaxágoras era un logro maravilloso más cercano a las especulaciones teológicas que científicas. Pero él ya estaba acostumbrado a encontrar en la naturaleza física y humana la paradoja constante y ejercitó su talento en un tratado que denominó “Correas” y que recogía una serie de casos de imposible solución.
Consciente de la importancia de dejar a la humanidad el fruto de sus meditaciones se aplicó a la escritura de un segundo libro en perfecto jónico-ático al que le puso un rótulo, el cual siguió siendo usado, aunque en nuestra época le llamamos título. Y en el diagraphes tuvo el ingenio de anexar los primeros dibujos explicativos a modo de ejemplos sobre geometría y astronomía que enrotuló “Sobre la Naturaleza”, porque para Anaxágoras, naturaleza significaba ”todo” y era el compendio de sus detalladas observaciones.
Concentra su atención en las homeomerías. Anaxágoras plantea que en cada homeomería están contenidas todas las cosas, y éstas son inengendradas e indestructibles como cuando en la semilla está el árbol, en una fruta las semillas, el todo en el átomo y los átomos en todo y que éstas homoiomereiai son infinitas veces infinitas.
Pero Anaxágoras también fue acusado por irreligiosidad, es decir por ateo. Y todo era por causa de su “Nous”. Al respecto Aecio nos confirma: “Anaxágoras dice que el Dios es un intelecto creador del mundo”. El hablar del Intelecto fue motivo para que hubiera acusación de herejía. No era hombre que le hiciera culto a las estatuas del Olimpo, pero el Nous respondía todas sus inquietudes y merecía todas sus reverencias.
Solía reunirse en las fiestas de Dionisos con Sócrates Sófocles y Demócrito. Y al son de las liras y panderos argumentaban cada uno sus criterios. Anaxágoras decía: ‘Esta dada la situación en que existen muchas cosas y variadas y semillas de cada una con múltiples aspectos, colores y aromas y se encuentran hombres que cuentan con alma y estos hombres tienen ciudades pobladas y cultivan el campo y hay también para ellos otros soles, otras lunas, otros astros como entre nosotros. Seres de otros mundos están dentro de las posibilidades de los cuerdos y no dentro de las certezas de los insensatos”.
Y luego de decir esto, Anaxágoras caminaba hacia un alto roble de bellotas doradas, recoge los pliegues de su veste y deja caer un largo y tibio chorro cristalino, que canta en su caída humedeciendo la aridez de las raíces, para luego alejarse pensativo e imperturbable, bajo la luz de las estrellas.
1 comentarios:
hola,
me podría decir en qué museo se encuentra esta escultura?
muchas gracias!
andrés
magergut arroba gmail.com
www.voblablog.com
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