sábado 8 de diciembre de 2007

BAJO EL SOL DE LA MEDIA LUNA




En medio de dos ríos, el Tigris y el Eufrates, nacía el hombre y era arrullado, en la cuna de la civilización. Allí se conocieron nuestros primeros padres, cubiertos con el traje de la inocencia, descubrieron la palabra, ese vínculo que da forma a la cultura, dieron nombre a todas las cosas, al sol, la luna, los árboles y las bestias.
En ese lugar, se quedaron, no necesitaban ir a las estepas del norte o errar por los desiertos del sur porque en los lares que van desde Uruk a Kanesh, todo lo tenían, ganados, peces y colectaban sus propias frutas al comprender el tesoro que encierra una mano con semillas.
En aquella media luna, plena con cultivos de cebada, trigo, algarrobos, permanecían, enigmáticos, sutiles y extraños, los árboles de la ciencia y el de la vida
Adán supo de las fatigas que da el trabajo y ella, profundizaba el misterio de la maternidad, cardando lana, tejiendo por las tardes y asando sobre las brazas la liebre salvaje que cayó incauta en los lazos del cazador.
Ampliaron su lenguaje con las palabras que emitían los peregrinos que llegaban en caravana por las rutas de Mari.
Aprendieron nuevos oficios y los perfeccionaron. Pulieron callejuelas que van hasta los templos con arcos y columnas. Las casas en ladrillos de barro amarillento desglosan en niveles de patios, terraplenes con muros en relieve con escenas de dioses, toros alados, princesas que van hasta el mismísimo averno para arrebatarle al monstruo, el sagrado tambor.
Y en los templos, estatuas gigantescas en bronce, plata y oro con escamas de concha y ojos como jaspes.
En las bibliotecas un extraño legado de signos cuneiformes que contienen cuentas, impuestos y escrituras. En tablillas de arcilla el escriba Dudú pronunciaba las sílabas al tiempo que tallaba las cuñas en distinta dirección.
Escribieron el mito de la Creación del mundo. Imaginaron ángeles cósmicos que se enamoraban de las hijas de los hombres. Fue cuando surgió el primer verso, la oda heroica, la invocación al dios, el cuento, la canción.
Negociaban las tierras por lotes de ganado, joyas, esclavos y oro. Pagaban con minas, talentos y dracmas. Firmaron documentos. Inventaron el sello.
Contaron pacientemente los días de los años, mañana, tarde, noche, del levante al poniente, otoño e invierno. Dividieron la hora, el minuto, el segundo.
No sumaron tan sólo, mas multiplicaron, predijeron eclipses y vieron en las estrellas los signos zodiacales, distinguiendo planetas, soles, equinoccios. Dibujaron un círculo y lo vieron perfecto. Tan perfecto como los ojos de un babilonio que construye un zigurat bajo el dorado sol.
Medas, hititas, kasitas invaden a Súmer. Llegaron los acadios con Sargón el temible, las reformas de Urukagina, el código de Hamurabi, la construcción de carros bélicos que volaban presurosos por el galope de un caballo hitita. Asirios que dominan desde Armenia a Nínive. Sirios bajo el cetro de Nabucodonosor desfilan en carruajes suntuosos ante el rey. Mezcla de razas. Confusión de lenguas. El árbol de la ciencia sigue dando sus frutos.
En Ur, un hombre, cansado de los templos de Ishtar, de Enlil o de Marduk tiene el don de la fe en un solo Dios que le habla en la zarza, le envía mensajeros angélicos y le hace dos promesas: De su mortal estirpe ha de nacer un profeta que guiara su pueblo, el hebreo, palabra que recuerda su origen y que significa “más allá del Eufrates”. La segunda, la de hacerlo patriarca de un pueblo tan numeroso como las arenas en el mar.

2 comentarios:

Sixto dijo...

Sonia Eres estrella. una estrella prometida desde tiempos inmemoriales.Narras tu descendencia.
Nunca te apagarás. Felicitaciones.

Sonia Montaño dijo...

Gracias Sixto, tú tambien eres estrella y de una luz incomparable, tus palabras me animan a seguir con fé firme porque en el camino se encuentran personas como tú.