sábado 8 de diciembre de 2007

EL VIAJE DE BEATRIZ PORTINARI (PARAISO)



Él me da una gracia que no merezco. ¿ Qué tiene la criatura para que el Creador se ocupe de ella?

El lucero de la mañana lanzaba sus rayos y en esta nave de oro que cruza la puerta del cielo, tan luminosa como un reflejo de sol en un espejo bruñido, voy buscando a Aquel por quien dejo todo para merecer su amor y no dejar un instante de adorarle.

Entre nubes que flotan sobre un azul celeste dejo el planeta paraíso que en medio del infinito es una mota al éter de los vientos solares. ¿Dónde el arriba, el abajo, el oriente o el poniente, mi día, mi noche, el pasado, el futuro, el principio y el fin?

Muy cerca del satélite que recuerda al Arcángel que sana, una bella nave de un raro crisol juega entre las ondas desérticas de las arenas doradas. Hombres y mujeres de raros peinados, beben en copas un acre licor. Hablan un lenguaje que nunca había oído mas el cual comprendo.

Me alejo confundida pues aunque le busqué, no le hallé.

El sol guarda el equilibrio, broncea al mensajero mas pesado que existe y a la muñeca de fuego que juega entre volcanes con las voces del trueno en la ardiente tormenta. Un halo azul de inocente mirada en su rostro de incendio.

El de contornos rojizos gira en la continua armonía de la fuerza que lo sostiene. Gran poder en lo magno y en lo mínimo. Planeta con peñas y caminos de superficies obtusas con ríos que se quiebran y luego desaparecen.

Entonces el ángel que ilumina el sendero, es niño y anciano de blanca veste y conoce la razón de mi viaje y me lleva a un florido paraje de jardines y fuentes donde bullen sus aguas en dulce melodía. Y justo cuando yo miro el antiguo río de aguas cristalinas de aquel remoto planeta, un profeta vestido de ermitaño pregona la limpieza de los cuerpos y las almas. Crucé el río del espíritu para ser purificada.

En la orilla otro ser de luz me lleva hasta un mar que brilla en el horizonte y dándome una lira de oro me pide que cante. ¿Cómo negarme? Así que cimbrando las cuerdas empecé a cantar:

Todo es amor, todo es amor, todo es amor.”

Entonces las aguas de aquel mar de brillo purísimo también cantaban en un eco infinito.

- Ven- me dijo- la vid reverdece en los campos y ya los segadores recogen el trigo.

Tímida aun, me deje llevar por su voz amable y me enseño los planetas de formas caprichosas, con lunas de colores que se eclipsan a la puesta del sol. El coloso con sus siete ninfas danzan en la noche cósmica guardando el secreto que los hace inmortales. Allí, en la quinta esfera reina el pensamiento. Tienen con ellos la biblioteca eterna. Los ángeles que vi amaban la sabiduría y pude verlos en coloquios de elevada dicción. Cuanta verdad brota de sus labios.

Entonces vi en el horizonte un blanco jinete que cabalgaba sobre las aguas.

¡Nada teme el Amor que llega de lino fino sobre un blanco corcel!

Sus ojos son remansos de luz y un arroyo que canta. Por ello le llaman Fiel. Habla palabras eternas al caer la tarde en el olivar y un ejército de veintenas de millares de carros de los ejércitos de Dios le rinden honores, al que en la batalla, es Invencible.

En su mano siete estrellas de inmaculado fulgor resplandecen.

Los siete Arcángeles que cumplen las siete promesas.

- Beatriz – dijo el ángel, y yo caí de rodillas.

Mi pecho llama de amor, saltaba al escucharle pronunciar mi nombre. Con paso firme llegó hasta mí y yo caí entre sus brazos cálidos y amorosos. Su diestra en mi cabeza.

- Volviste a casa- me dijo sonriendo y al instante agregó- en mi casa hay muchas moradas. Mi alma dejó de temer el porvenir y llena de confianza seguimos nuestro viaje por las estrellas.