sábado 8 de diciembre de 2007

EL VIAJE DE BEATRIZ PORTINARI

Me encontraba inmersa en mis lamentaciones aquel infausto día en que fui separada de mi Amado, habiendo recorrido la mitad de mi vida y muy cerca de aquel camino que lleva al desconsuelo y a punto de decir ya no hay esperanza alguna, cuando me dejé adormecer por el aroma de los heliotropos y presa de un profundo sopor, sentí un vacío al caer en un pozo sin fondo y dejándome llevar por aquel remolino, pronto me hallé en un lugar muy extraño parecido a una ciudad subterránea iluminada por intensas luces de color rojo bermejo.
Y así como el agua que se va por el sifón busca un camino más profundo debí emprender la marcha solitaria para recorrer por mi propio pie aquel absurdo trecho que se mostraba ante mis ojos. Y he aquí que sorprendida pude comprender los truculentos destinos de las almas y aún del mío propio.
Torturante y misterioso fue aquello que vi que aún me erizo al recordarlo. Debí cruzar un sombrío portón que crujía dolorosamente para llegar a la fortaleza que custodiaba la Ciudad de Fuego y que de no haber sido por la gracia que me había otorgado Aquel que todo lo puede y sabe, dudo mucho que hubiese salido de allí con vida para contarlo.
No se escandalice el lector, al creer que la mente puede liberarse por sí sola con tan solo quererlo, porque ví en aquel lugar no sólo almas muy potentes sino a las más simples, algunas presas de angustiosos dolores y otras, disfrutando al lado de Lázaro y bebiendo del dulce manantial que alegra los espíritus eternamente.
Mi deber era uno y nada podía apartarme de mi objetivo y me encaminé presurosa en la búsqueda del que bien me había mirado, el cual me hacía brotar profusas lágrimas cuando recordaba lo separada que de Él me hallaba.
No sé de donde saqué tanta fuerza en mí y hasta creo que el amor que todo lo ilumina era el que me guiaba. Guardaba en lo mas profundo de mi ser, las promesas del libro Santo que solía leerme mi madre por las noches. ¡Ah madre santa y dulce que aún me tienes en cuenta en tus rezos devotos y fueron el faro que me ayudó a salir de ese lugar tan espantoso.
Vi entonces una fortaleza húmeda y babosa como las algas que se forman en las aguas estancadas y pude entender que así mismo se vuelven las almas en su oscurecida razón, aquellas que atormentadas aún por lobos, sanguijuelas, panteras y plagas parecen no advertir con claridad el estado en que se encuentran y prosiguen su ruta de aflicción engañadas como están por su propio espejismo de gloria vana.
Un espanto de informe figura parecía vigilar el fangoso laberinto que contiene los estados que orientan a la muerte segunda y con adusta mirada me detallaba de arriba a abajo y receloso por mi traje de lino samario me instigaba cual diciendo viene ésta a despertar a los durmientes con palabras audaces. Pero yo, decidida como estaba seguí avanzando. Debía hallar a mi amado que con tanto esfuerzo ganó mi corazón.
Llegué hasta un río que atraviesa un cementerio donde el lodo y la bruma hacían difícil el acceso y con qué tristeza me vi entre huesos, cráneos y esqueletos que pertenecieron a aquellos incrédulos que fueron advertidos de abrazar la fe para que no fuesen hallados desnudos sin sus carnes al cumplirse la ley y quedasen irresurrectos. Aquella masa putrefacta de vísceras y órganos yacía en una cumbre corrompida y devorada por enormes gusanos que no podían acatar ni orden ni distinción. Y los íncubos lloraban de espanto al ver que una poderosa luz mas radiante que mil soles ponía en evidencia su opaca terquedad y su insensatez.
No fue fácil para mí, pobre mujer, atravesar los despeñaderos tan riesgosos y aplacar el vértigo de esos precipicios en cuyo fondo yacía una oscuridad intensa, ni mucho menos afrontar los horrendos peligros de enormes tarántulas y negros escorpiones que querían atacarme. Pero más repugnante parecíame el ver que éstos entraban y salían por los orificios del cuerpo de aquellos que en vida disfrutaron golosamente de las torturas que imponían a los primeros que si abrazaron la ley divina y que mutilados, destrozados y devorados por los leones sufrieron la muerte ignominiosa ante los ojos de los hombres, pero valiosa para el Dueño de todas las albricias quien infundia en ellos el sacro amor y no dudaron en loar los salmos en la penosa muerte.
No he de decir a quien vi, busque el lector la fuente, porque se me impide decir sus nombres ya que tan solo juzga El que creó la Ley.
Seguía entonces entre los furiosos y violentos mi audaz camino y era tan insoportable el ensordecedor coro de llantos y de ayes que creí enloquecer.
Y aquellos que en vida masacraron no-uno sino cientos en variadas formas de tortura eran atormentados en aquel lugar por la sevicia de miles de demonios que les propinaban los mismos suplicios una y otra vez sin tener respiro ni descanso y más sufrían al ver que las almas que ellos atacaron gozaban de la dicha y la salud perfectas.
Lamentable era el escuchar como truenos las muchas explosiones de bombas que estallaban en sus pechos e irradiaban tan poderoso calor que los pulverizaba en el acto, no sin antes padecer la desintegración de todas sus células y el verse estampillados en los negros muros.
Otros yacían hacinados entre sus congéneres de maldad en horrendos campos de concentración padeciendo hambre, sed y frío y eran conducidos a los hornillos de gases letales, viéndose los unos a los otros los desorbitados ojos que imploraban un segundo de piedad.
Un poco más alejados se hallaban los que aún sabiendo el mandato, asesinaron inmutables a amigos y enemigos, ciegos por las pasiones oscuras y que aunque aludieron venganzas éticas no pudieron ser disculpados, pues la justa conciencia dio aviso en oportuno instante la inconveniencia de sus actos.
Llore conmigo el lector pues numerosos héroes y villanos que tuvieron odio mutuo yacían en un pozo conjunto, para su desgracia pegados a sus enemigos por los pechos sin poder separarse por más que lo intentaran y dábanse el uno al otro golpes furiosos, jalones, pisotones y mordiscos que no podían evitar sentir en sus propios cuerpos, y que tarde ya, les recordaba en cada golpe el por qué debían amar al enemigo como a sí mismos.
Cansada me hallaba y me senté en una porosa roca, recordando con dulzura los divinos y enternecidos ojos de mi amado quien me alentaba a lo lejos a proseguir la marcha y justo al evocarle un maravilloso olor a rosas llego hasta mis sentidos en medio de tan pestilente y desgraciado lugar.
Mire ante mi una cárcel deprimente donde se hallaban gentes de todo genero y condición. Apretujados se hallaban, sin poder sentarse, pues si llegaren a hacerlo los otros se sentaban sobre aquellos hasta ser licuados por el peso. Eran aquellos infelices, almas que en vida pasaron sobre otros y robaron sin pudor los jornales de los pobres, engañaron con trampas y dobleces para sacar partido a su conveniencia e hicieron sus fatuas fortunas en su mal proceder.
Mas todos ellos, lánguidos y hambrientos imploraban a los demonios una porción de excrementos que ellos se disputaban pero que para su mísera decepción eran arrancados y devorados por negras bandadas de cornejas que en su furioso vuelo picoteaban los rostros de aquellos desgraciados.
Seguí andando por el tortuoso camino lleno de cuevas y peñascos y a lo lejos una luz en medio de abismos y sombras.
Una extraña colmena de nidos con hombres y mujeres apresados, inmóviles sintiendo un frío indecible y he un repiquetear de dientes, unido a la zozobra de hallarse culpado ante la autoridad. Y en el espacio el fuego eterno, oh indecible espanto, los atraía como imanes en un terrible sufrimiento. Así permanecían los llenos de orgullo, que depositaron su esperanza en los bienes terrenos y no acataron el amor divino o más grave aún, no quisieron percibirlo. Si lo hubieran sabido, habían aprovechado sus enormes fortunas sirviendo a los más necesitados.
Bordeando la montaña del dolor, unas fogatas aisladas como en una destrucción en un campo de batalla y todo el ambiente humeante en un anochecer desolador, eran el presagio de esferas más oscuras y de desdichas sin límite.
Entre las oscuras brumas hallábanse los incontinentes que hicieron de sus cuerpos nido de serpientes y de toda suerte de alimañas y eran atormentados por pústulas sangrantes y purulentas que no les dejaban apreciar la belleza de los rostros que habían tenido. Impúdicos que se dieron a las orgías y al sexo desmedido diciéndose vivamos y hagámoslo de esta forma y de esta otra que nadie nos ve ni nos reprende. Sólo ellos perciben los tálamos nauseabundos donde se metieron y dieron a luz escabrosos espantos que no descansan pidiéndoles a sus amos más de lo mismo.
Y lloraban los pedófilos, los que a sus víctimas inocentes los hicieron cual ellos son, pero que lamentándose de su historia y condición tuvieron mas consuelo que aquellos a quienes culparon de su desgracia. Entre grises calabozos y encadenados por su propia carne gimen los afeminados mirando su estandarte en gracia desolada anhelando aún sus deseos fatuos. Sus sueños son pesadillas sanguinolentas de burlas y de oprobios. Ya no ríen ni pueden lucir sus febriles ademanes ni su sacra vanidad. No creáis que eximidos están los de sagrada toga porque inmovilizados están por los gélidos muros.
No crea el lector que mejor suerte tuvieron los adúlteros que robaron al prójimo sus campos y miraron con codicia el buey de otro. Para ellos, imposibilitados como estaban por fuertes ramajes con púas sufren lo indecible al ver la dueña de su amor sufrir la misma pena y gritan al sentir en sus pechos, un amor furioso.
Ah gente infeliz que un día dijéronse cuan felices somos.
Llegué a un paraje más lúgubre donde nunca amanecía sobre los negros pinos.
Un castillo de piedra era el refugio de los indolentes, aquellos que no conocieron la misericordia para con otros e hicieron presa de sí el egoísmo humano y la fría sangre. Desnudaron, ultrajaron, hirieron, mutilaron a aquellos que les suplicaban por amor de Dios que daño no les hiciesen. Pero ellos, no entendieron, más gozaron la perfidia de sus actos.
Llegando al borde de un abismo sin fin, vi por último a todos aquellos que blasfemaron impíamente contra Aquel que todo lo ha creado y se precipitaban en eterno sufrir a un fuego más potente que mil soles y al abrasivo incendio caían aquellas almas con sus cuerpos sin remedio y sin que nada ni nadie pudiese socorrerlos y más pena sentían al escuchar la evidencia del juicio de Aquel que es el Verbo por siempre.
Y en ese horno eterno también estaba preso el ángel caído que no pude ver por el calor que del infierno emanaba.
Y he aquí que escuché una voz que me dijo: “Ven alma bienaventurada, sal de ese lugar, que aún falta que continúes tu viaje por otras partes menos tortuosas y luego prepara tu alma para nuestro encuentro”.
Y diciendo esto, un agujero de luz me mostró con un agreste paraje y salí de allí, corriendo lo más que pude, confiando en quien me hablaba y llena de espanto por lo que había visto y dispuesta a no regresar a ese lugar de tortura eterna.
Sólo agrego, lector mío, que al salir respire un aire muy puro, vi el sol como nacía por el oriente, escuchaba por fin el melodioso trinar de unos pajarillos que me llenaron de esperanza y que comparando me hicieron creer que todo había sido un sueño, pero no, había sido real, tan real como el saber que iría presto a encontrarme con el dueño de todas las estrellas.