sábado 8 de diciembre de 2007

EMPÉDOCLES




Un remolino inquieto que el viento Eólo envía,
ágil a los pies de Pantea y eleva danzantes hojas,
las atrae y envuelve, las sumerge y volatiza,
Cenizas que recoge en los bordes del camino,
se aleja jugueteando, atrapa el limonero
y llega a la campiña de huertos y laureles,
se enreda entre los riscos donde balan las cabras
que Pantea sigilosa, ordeña con premura,
para las ofrendas lácteas del templo de Atenea.

Plena yace el ánfora de salpiqueante espuma,
recorre los senderos, la calle del Cerámico,
estatuas que enmudecen sus ignorados pasos,
descansa en las columnas de veteado mármol,
retira de su frente tres lágrimas salinas,
respira el aire puro que llega del celeste.

El sol, ígneo ojo que vigila los destinos,lanza candentes rayos
y atravesando el orbe,zigzaguea en los ríos que corren presurosos,
entibia el torbellino,
y decora las nubes con encajes dorados.

El blanquecino vaho que brota de la tierra
y Pantea se resguarda del trueno que la espanta.

Allá en espesos bosques, teurgos que dialogan
en elevados versos que ella no comprende:
Hablan del esfero y de las emanaciones,
que brotan como rayos, los poros de las cosas,
en la piedra imantada y en la antorcha que brilla
en imprecisas losas de la gruta de Ares.
Los sabios no la advierten, se oculta entre las rocas,
mientras un hombre altivo de blanca y tosca barba,
inconsútil la túnica, lleva en su hombro amplio,
el rubicundo manto,
tiemblan entre sus sienes los brazos de los árboles.

Era el divino Empédocles, el de enigmáticas frases.
Enseña las raíces, dos o cuatro, cuatro o seis,
Inengendrados dioses con sempiternas leyes.

El sabio que medita ignora paroxismos.

Nació la luz divina, en la villa de Agrigento,
en la espléndida estancia de Metón, el hipófilo,
los más finos corceles de domeñado paso,
bajo su peso leve, en galopante vuelo.

Escuela de Pitágoras,en donde el fiel Teleuges, leía el manuscrito:
“Así dice el maestro”:“No intentes el exceso de las cosas sensibles”

Consejero de dioses y de cegados hombres que viven sin pensar en su último sino!”

Pantea ha quedado presa,de aquel eco imponente de su voz.
Pupila dura azul, que al hado paraliza
y vierten en sus pies, dos consistencias pétreas.
Aquella aldeana grácil, de largos y áureos rizos,
no sabe si delira, en el jardín florido.

Pantanos de Seleno,¿Ha cambiado tu rumbo las manos del artífice?

Zeus, Hera, Aidoneo, Nestis, la de ojos glaucos,
rendíos sin tardanza ante la reina Cipris,
camina la invencible, por la fuente de Heracles.

Surge del Caos Uno, y de lo Uno, Dos,
las coloidales fuerzas del universo vasto,se mezclan y separan
y nada se le escapa,
centrípeto y centrifugo,
que aleja y regocija y funde los contrarios.

Todo lo que ha sido, esta siendo y será.
Aquello que escindido genera la batalla,
será un lejano día por el amor zaherido.
Y los que veis ahora, entre armónicos talamos,
separados irán, hacia el hades profundo,
tangente que separa, el alma y el sentido,
la idea y la materia, el amor y el olvido.

¿Veis generaciones ir una tras otra?
Llegan unas apenas, pronto acaban las otras
y Cronos invencible, devorando a sus hijos,
con la excusa perfecta, del que a sí se sustenta.
¡Mísera necesidad, pide un alto precio:
Con vida premia, con muerte cobra!

Entanto Zeus, Señor de los Señores,
realiza su designio. La voluntad se cumple.
¿Destino o remolino?

El maestro entonces, pronuncia a sus discípulos:
Soy Dios. Hermano de Apolo y de Heracles, el de mirar profundo.
Soy el hijo de Gea en la vastedad del orbe,
y de Afrodita Ninfae, la de sagrados pasos.
¡Que Ío se enternezca y florezca el jacinto!
Que a las almas odiadas, la amistad las reúna.
A semejantes, placer, a contrarios, dolor.
“Rivales”.
Que las cosas diversas han de formar la mezcla,
se vuelven semejantes por obra de Afrodita.
Entre Afrodita y Ares escogen su destino,
mas el hombre conserva la caja de Pandora,
donde salen y entran los males de este mundo.
¡Que cada uno escoja lo que anhela!
¡Que cada uno cargue con sus culpas!
¡Al guerrero, hierro, a la musa, olas!
¿Deja la madre al vástago que se muera de frío?
¿Deja la parca al héroe en la orilla del río?
Y no hallaréis placeres en el reino del hades?
Yo ya he sido un muchacho, una muchacha, un arbusto,
un pájaro y un mudo cetáceo en el mar.
Por el omphalos se nace, por el omphalos se muere.
Por la fosa de Afrodita vives, a la fosa de Gea vas.
Una es la risa, otra es el llanto.
¿Cambiareis plañideras por nodrizas?
¡Cada hombre lleva al cinto su mortaja!
¡No hay quien nos libre de ese sino mágico!
¡Amar y perecer.
¡Que busque el hombre la colmena de sus mieles!
¡Que escarbe en su pecho profundo
la ambrosía que lo torna en dios!
Pero aliente en sí mismo un corazón valiente,
es arduo el camino y no esta exento de la furia de kere
que pone siempre a prueba su yelmo y su coraza!
Hombre y fémula ignoran la fuerza que los une.
¡Ambos llevan las huellas del agua en la clepsidra!

He llegado a la tierra y en la caverna cubierta,
cuna de mi triste misión,
me encuentro con Eris, Geras y Apaté,
que siembran la discordia entre los hombres:
lo que nace y fenece, la virtud y la mácula,
movimiento y reposo, silencio y voz,
lo cierto y lo falso, la belleza y lo monstruoso,
lo rápido y lo lento.
Amado por los hombres que buscan a sus penas un alivio,
buscan a Empédocles, el divino augur,
e ilumino el camino de sus valles de sombras.
Soy un león herido que busca un poco de sombra
y de un río raudo donde apagar su sed.
Añoro ser el ave que regresa a su nido.
Sol, agua y ayuno a este cuerpo que impide mi retorno.
Estoy viejo y cansado y los dioses no acatan,
de otros dioses designios.
¿Qué esperáis Pausanias, Acrón, discípulos?
¡Vivid mientras podéis,
que en el borde del Etna he de fraguar mi alma
para sanar mis penas!
¡Ha llegado la hora del ocaso de un dios!
Pronto Selene nos mostrará su rostro
y los vientos arrecian en los lontanos riscos.
Subid conmigo hasta el monte,
donde seréis testigos de mi sacro encuentro.”
Pantea ha sentido las palabras graves
y firme eleva el cántaro,
quisiera ella huir entre mandrágoras,
mas detiene el paso.
La musa es veste silente y lleva el fuego de Hera,
recoge el manto y va tras los vivientes.
Es flor, saeta,
ligera pasa entre los altos árboles.
Plena la luna se tiñe de arreboles,
Pausanias besa los hombros del maestro.
La noche a Erebo profiere sus conjuros,
el trueno espanta y el orbe se ilumina.
Un esfero desciende, fuegos de antorchas,
el carro de los dioses, a Empédocles envuelve
quien sube a las alturas.
Una sandalia alada cae en raudo vuelo
hasta el sagrado cántaro y le rompe
Y corre un blanco río
a los pies de Pantea.