

Ana Magdalena Wülken, apura el paso bajo los sauces en flor, hacia la iglesia de Santa Catalina en Hamburg. Y al atravesar el pórtico principal, queda perpleja al escuchar una música de singular belleza, que parecía ser tocada por las manos de un ángel y no las de un hombre. Incluso imagina que San Jorge ha descendido por su escala de luz.
¡Y es que Juan Sebastián Bach era un ángel!
Había nacido en Eisenach, aunque su vida era un ir y venir entre Ohrdruf, Weimar, Cöthen y Leipzig.
Su legado musical ascendía desde su tatarabuelo Vito Bach, el panadero quien a menudo tocaba la guitarra, hasta su padre Ambrosius Bach, y en sí, todos los miembros de su familia, todos sin excepción, habían sido músicos.
Su hermano mayor lo educa, pero también a veces, por celos quizás, le niega el acceso a las partituras y el niño tras una alambicada reja, a la luz de la luna, debía copiar los tan negados manuscritos.
Cuando niño pertenece al coro en la iglesia de Ohrdruf, donde canta con voz de soprano. Y a los trece, cuando estaba cambiando de registro, cierto día cantó a dos voces en una octava perfecta.
Estando en Lünemburg se ocupa en los estudios del órgano y en el arte de la composición. Al notar que las escalas modales antiguas limitan expresión, descubre en la música polifónica una deliciosa gama de emociones derivadas de todas las escalas mayores y menores, arpegios y contrapuntos, lo cual aprovecha para crear los más versátiles preludios y fugas, suites, arias y sonatas.
No sin razón afirmaban Beethoven, Lizt o Chopin: “Él es el padre, nosotros sus hijos”.
En Arnstadt desposa a su prima Barbara Bach. Con ella tiene siete hijos, aunque mueren tres. Pero tanto parto debilita a Barbara y finalmente Sebastián enviuda.
Pero lo que nunca pensó Ana Magdalena fue que ese día era un anticipo de su dicha futura y que ella estaba destinada a ser la esposa de un genio. Se casaron en 1721. Se fueron a vivir a casa de Juan con los cuatro pequeños.
Mientras que el cantor de Leipzig escribe los últimos compases de un aria, un coral o una misa, Magdalena prepara los guisos, baña los niños o pule los candelabros.
Por las noches escucha ensimismada sus complicadas improvisaciones, toman el café y luego pasan en limpio corcheas y fusas para deleitar sin duda, a príncipes y a místicos.
¡Cuántas veces después de sus preludios amorosos, se levantaba el maestro en camisón y pantufla a memorizar variaciones o a componer! Magdalena contemplaba desde su cama cuando la luna se enredaba en su blanca peluca.
Como padre era austero. Infundia respeto, impartía las órdenes que tenían que cumplirse. No los castigaba nunca, un relámpago en la mirada era más que suficiente.
Como maestro sufría por la falta de dedicación de sus alumnos. Solía corregir la posición de las manos, la precisión y la fuerza de las digitaciones ingeniando con destreza ejercicios metodológicos que con un poco de práctica permitían que el alumno superase dificultades.
Y amaba a Magdalena. Ella le pedía mil fugas y Juan accedía, pero solo con ella entre sus brazos. Ella lo esperaba con el corazón en ascuas, sobretodo en esas largas caminatas que el músico debía hacer para escuchar algún concierto, o para darlo.
Friedemann, Juan Christian, Dorotea, Bernardo, Juana, Lieschen, Godofredo y los otros, crecieron y los hicieron abuelos. Entonces Juan le dijo a Magdalena: “cuando joven tus cabellos brillaron como el sol, ahora, brillan como la luna”.
Bach sufre un derrame cerebral y queda ciego.
En su lecho de enfermo, le dice a Friedemann: -¡ Tengo música en la cabeza! Le pide que escriba para la gloria de Dios. El milagro sucede. Dios retorna su vista y entonces compone su último coral. Murió en julio de 1750. Magdalena lloraba sin remedio.
Se reparten la herencia. Salen por la puerta de la casa, clavicordios, pianofortes, flautas y violas de gamba, libros y manuscritos. ¡Magdalena lo pierde casi todo, hasta la tabaquera de oro y ágata de Juan Sebastián!
Transcurren siete largos años. Magdalena va a paso lento hacia la iglesia de Santo Tomás. Lleva con ella un cuadernillo verde. Y al cruzar el atrio de la majestuosa iglesia, le parece escuchar una música magnífica tocada por ángeles, y en medio de ellos, esta allí, sonriendo, con su blanca peluca, su traje impecable y sus zapatos de hebilla dorada, su flamante y adorado cantor de Leipzig.
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¡Y es que Juan Sebastián Bach era un ángel!
Había nacido en Eisenach, aunque su vida era un ir y venir entre Ohrdruf, Weimar, Cöthen y Leipzig.
Su legado musical ascendía desde su tatarabuelo Vito Bach, el panadero quien a menudo tocaba la guitarra, hasta su padre Ambrosius Bach, y en sí, todos los miembros de su familia, todos sin excepción, habían sido músicos.
Su hermano mayor lo educa, pero también a veces, por celos quizás, le niega el acceso a las partituras y el niño tras una alambicada reja, a la luz de la luna, debía copiar los tan negados manuscritos.
Cuando niño pertenece al coro en la iglesia de Ohrdruf, donde canta con voz de soprano. Y a los trece, cuando estaba cambiando de registro, cierto día cantó a dos voces en una octava perfecta.
Estando en Lünemburg se ocupa en los estudios del órgano y en el arte de la composición. Al notar que las escalas modales antiguas limitan expresión, descubre en la música polifónica una deliciosa gama de emociones derivadas de todas las escalas mayores y menores, arpegios y contrapuntos, lo cual aprovecha para crear los más versátiles preludios y fugas, suites, arias y sonatas.
No sin razón afirmaban Beethoven, Lizt o Chopin: “Él es el padre, nosotros sus hijos”.
En Arnstadt desposa a su prima Barbara Bach. Con ella tiene siete hijos, aunque mueren tres. Pero tanto parto debilita a Barbara y finalmente Sebastián enviuda.
Pero lo que nunca pensó Ana Magdalena fue que ese día era un anticipo de su dicha futura y que ella estaba destinada a ser la esposa de un genio. Se casaron en 1721. Se fueron a vivir a casa de Juan con los cuatro pequeños.
Mientras que el cantor de Leipzig escribe los últimos compases de un aria, un coral o una misa, Magdalena prepara los guisos, baña los niños o pule los candelabros.
Por las noches escucha ensimismada sus complicadas improvisaciones, toman el café y luego pasan en limpio corcheas y fusas para deleitar sin duda, a príncipes y a místicos.
¡Cuántas veces después de sus preludios amorosos, se levantaba el maestro en camisón y pantufla a memorizar variaciones o a componer! Magdalena contemplaba desde su cama cuando la luna se enredaba en su blanca peluca.
Como padre era austero. Infundia respeto, impartía las órdenes que tenían que cumplirse. No los castigaba nunca, un relámpago en la mirada era más que suficiente.
Como maestro sufría por la falta de dedicación de sus alumnos. Solía corregir la posición de las manos, la precisión y la fuerza de las digitaciones ingeniando con destreza ejercicios metodológicos que con un poco de práctica permitían que el alumno superase dificultades.
Y amaba a Magdalena. Ella le pedía mil fugas y Juan accedía, pero solo con ella entre sus brazos. Ella lo esperaba con el corazón en ascuas, sobretodo en esas largas caminatas que el músico debía hacer para escuchar algún concierto, o para darlo.
Friedemann, Juan Christian, Dorotea, Bernardo, Juana, Lieschen, Godofredo y los otros, crecieron y los hicieron abuelos. Entonces Juan le dijo a Magdalena: “cuando joven tus cabellos brillaron como el sol, ahora, brillan como la luna”.
Bach sufre un derrame cerebral y queda ciego.
En su lecho de enfermo, le dice a Friedemann: -¡ Tengo música en la cabeza! Le pide que escriba para la gloria de Dios. El milagro sucede. Dios retorna su vista y entonces compone su último coral. Murió en julio de 1750. Magdalena lloraba sin remedio.
Se reparten la herencia. Salen por la puerta de la casa, clavicordios, pianofortes, flautas y violas de gamba, libros y manuscritos. ¡Magdalena lo pierde casi todo, hasta la tabaquera de oro y ágata de Juan Sebastián!
Transcurren siete largos años. Magdalena va a paso lento hacia la iglesia de Santo Tomás. Lleva con ella un cuadernillo verde. Y al cruzar el atrio de la majestuosa iglesia, le parece escuchar una música magnífica tocada por ángeles, y en medio de ellos, esta allí, sonriendo, con su blanca peluca, su traje impecable y sus zapatos de hebilla dorada, su flamante y adorado cantor de Leipzig.
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