
Tres sacerdotisas del cielo, conducen a Sun Li ken, a tomar un baño en las aguas del río Yu, mientras el maestro Ch’ien Chen, la espera en el regio Templo del Sagrado Loto donde va a celebrarse el ritual de iniciación. Frente a un espejo contempla su luminoso cuerpo. Ponen aceite de jazmín en las manos, de nardo en los pies, esencia de rosa en los pechos, sándalo en las piernas, ámbar en el cuello y almizcle de ciervo en su surco dorado.
Cubren su desnudez con una túnica de roja seda y adornan sus cabellos con peonias.
El maestro Ch’ien Chen queda a solas con Sun Li. En el sagrado recinto, un ambiente perfumado parece brotar de los rincones. Las frutas exhalan su fragancia y el té servido en ligeros vasos de fina porcelana, humea lentamente.
Desanuda el cinturón de seda roja y deja caer la túnica a sus pies. A Sun Li, se le suben los colores al rostro cuando ve el desnudo cuerpo del maestro Ch’ien Chen. - No temas, mi flor- y diciendo esto, se da vuelta y ofrece a su vista, en erguido vuelo, su pájaro carmesí. El maestro abraza a Sun Li por la espalda. Ella puede sentir la virilidad de Ch’ien Chen a través del rojo jubón. La lira deja sentir sus melodiosos tonos. La túnica de Sun Li, ya no está en su cuerpo. El emperador luce orgulloso, como un guerrero de la dinastía Ming. Ch’ien Chen pronuncia las palabras:
”El poder del amor, es la fuerza de la creación. Ying y Yang deben estar en perfecta unión, como una flor de loto abierta al universo. Tu eres mi diosa y yo soy tu dios.”
Sun Li, se inclina ante el emperador y tomándolo entre sus manos, lo envuelve en un sutil aroma a sándalo. Lo mira y besaba como se miran y besan los cartuchos en abril. El maestro mira a Sun Li, con infinita dulzura.
El maestro Ch’ien Chen pone su mano en la sagrada gruta y al ver que Sun Li imita las voces de las ocas bajo el cielo añil, le separa las piernas y al besar sus labios, es un tigre blanco sediento del manantial de la vida.
Húmeda es la gruta secreta donde el emperador tañe las cuerdas de la lira de la indefensa Sun Li. Ella se abraza al amante, como una flor desfalleciente. Pero el emperador va y viene en frenético vigor, como quien busca un tesoro de piedras preciosas. La lengua del maestro recorre paciente, valles y bosques, montañas y ríos, abismos y selvas. Besa, muerde, olfatea y ara el vientre de Sun Li, quien goza y bebe de los labios de su maestro, los jugos de su amor.
El maestro brinda a su amada el elixir de las tres cumbres, que hace que Sun Li vuele como un ave fénix en los fuegos de la pasión y que la explosión de mil soles la bañe con su luz.
El emperador gana la batalla una vez más. La cabeza de tortuga ha penetrado al pozo de los peces y bebido de la fuente y del cántaro de su amada. Sun Li se deja adormecer mientras el maestro pone en su cuerpo flores y guirnaldas.
II
Al despertar Sun Li, siente que el maestro Ch’ien Chen la observa. Ch’ien Chen sonríe imponente. Sun Li viste el jubón rojo hasta sus pies, recoge sus cabellos en una larga trenza que teje cuidadosa. Entonces le pregunta al maestro: “¿Cuándo seré reina de las sesenticuatro artes?”
“Primero, recuerda- dice Chìen Chen- que las sesenticuatro artes son todas un comienzo no un fin. Son las notas de una dulce melodía, la del amor. Son la clave para ser feliz y te ayudaran a ser perfecta. ¿Conoces las tablillas de jade de las sacerdotisas del cielo? El maestro puede leer en sus ojos la respuesta, entonces continua:
"Amaras a tu amado con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu espíritu. Serás para tu dueño un templo sagrado, donde sólo entre él en su regocijo. Le darás y harás todo lo que quieres para ti misma. No le mentirás ni le traicionarás. No le negarás. Te esforzarás por elevar vuestra espiritualidad. Le darás paz.
Sun Li pregunta de nuevo: “Maestro, ¿Cuáles son las sesenticuatro artes?”
A lo que respondió el maestro: ”Sun Li, no te alcanzaría la vida para aprenderlas todas. Además porque cada una se divide a su vez en sesenticuatro artes menores.
Y a continuación pronunció una a una las sesenticuatro artes hasta que terminó la lista: “El canto, la música, la danza, la escritura, el dibujo, la pintura, la costura, la lectura, la declamación, la poesía, la escultura, la gimnasia, los juegos, el arreglo floral, la cocina, la mímica, la dramatización, los ejercicios mentales, los idiomas, la etiqueta, la arquitectura, la economía, el disfraz, el deporte, el arte marcial, el masaje, la relajación, el buen humor, el amor trascendental, el vestido, la oratoria, el silencio interior, el aseo exterior, el aseo interior, la fotografía, los primeros auxilios, la caligrafía, la enseñanza, la religión, la panadería, la pastelería, el ahorro, la decoración, la botánica, la floricultura, la Piscicultura, la improvisación, la composición, la curación con las manos, la curación con las palabras, la digitopresión, el recordar el pasado, el adivinar el futuro, la crianza, el tejer, el hilar, el tocar instrumentos, el consejo, el narrar cuentos, la defensa, el amor, el olvido, el vivir y el morir”.
III
Las cosas en la Capital del Cielo, no pueden ir mejor. Sun Li recorre descalza, corderita de negro cabello al viento, en los jardines sembrados de ciruelos.
En el espejo del lago Sagrado, dos hermosas garzas se besan y entrelazan en el cántico eterno de la creación.
El tigre blanco la miraba de lejos. Tan ardiente era su mirada que Sun Li puede sentirla.
Se deja llevar por sus propios pensamientos en si es más importante la técnica de las artes o el amor que siente por Ch’ien Chen. ¿Amaba ella más al emperador que al maestro?
Frente al maestro Ch’ien Chen, caballos, alfiles y peones están listos para la dura lid.
Un ave lleva un mensaje de amor a su adorada, una blanca paloma, que ella recibe y lee silenciosa.
Por los dorados caminos de bambú, llega hasta el Templo del Loto Sagrado, donde se encuentran y al juntar sus pechos en un abrazo infinito, el caldero de sus corazones destila ese sublime fuego que invade sus cuerpos.
Sun Li deja caer su vestido sobre el pulido piso. Ch’ien Chen la besa con ardiente deseo. Bañándose en caricias protegen sus auras. Los senos de Sun Li son palomas en las manos de Ch’ien Chen. El monje se apresta a perseguir a la reina, en un salvaje caballo blanco, de audaz galope. El corazón se agita. Los cuerpos se estremecen. Mueve Ch’ien Chen el alfil. Sun Li captura la blanca torre. Sus bocas se unen en legendarios besos. Avanza el héroe hacia el misterioso recinto. Ensarta la perla en su unicornio. Desea cautivar con su coraje y majestad, a su dama, danzando entre sus brazos. La lluvia humedece los jardines de Sun Li. La reina inicia la batalla. Perfumes y aromas se enredan en sus cuerpos que luchan fieramente como dos dragones en el Valle de los Silencios. La torre se agita en espasmos suaves y profundos de eneafónico ritmo pero cuando invade majestuoso el territorio, el emperador brinda a la dama el tercer misterio, al besar la fuente del cinabrio con una cascada cristalina de incomparable altura.
Ch’ien Chen palidece por un instante. Sabe perfectamente cual es la fuente de la inmortalidad. La emisión se permite entre los humanos porque son mortales. Sun Li ha derrotado al rey en una guerra frontal. La fortaleza de la dama puso en jaque al emperador.
Sun Li, sabe lo que debe hacer. Tres sacerdotisas la acompañan hasta la salida del regio Templo a donde sólo regresará si trae con ella el verdadero tronco de jade.
IV
Sun Li se sintió más sola que nunca. Atraviesa la inmensa landa que separa los bosques y jardines del reino, de los escarpados dominios del Duque Chou- Tsé. Camina bajo el ardor del verano. Lastima sus pies transitando las lajas del interminable sendero. Cruza el antiguo puente de piedra del imperio del cielo. Saluda a los rebaños de hoces que cortan espigas en los campos de arroz. Muy bien sabe que su dominio de las sesenticuatro artes era su mejor arma para defenderse, en el reino del tirano Chou-Tse.
Llega al atardecer a una aldea de techos de pizarra, con una plaza central y una pagoda frente a la cual hormiguea el bullicio de una extraña gente que no parece recordar la más antigua de las artes. Al puerto del reino llegan barcos con adustos piratas que por tres cuñados de plata venden y trafican la inocencia de niños.Son los despreciados que recorren las calles en el negocio cotidiano de las caricias profanas. Los condes por delantelos favores de atractivos jovencitos que pierden el pudor adolescente.Sinceros e inconstantes. Cobardes en huída a la fragua del yunque.
En los campos, no crecen espigas ni dulces pomelos, son campos de batalla donde salta la sangre de los guerreros. El odio desconoce el amor. La guerra y el hambre se leen en los ojos de los niños y los ancianos. En los suntuosos palacios el duque Chou Tsé tiene hermosas mujeres que azotan a sus hombres con látigos negros. Y en recintos ocultos, mujeres con mujeres, hombres con hombres entregados al culto de la serpiente invertida. En el comercio, las mujeres enseñan sus cuerpos, la gente observa cómo ellas se quitan las prendas con sensuales movimientos. Hay masturbatorios donde los hombres cargan el bastón de la derrota. Ebrios y ciegos que se acuestan en el vómito de otros.
Se celebran orgías de absurda naturaleza con pájaros y bestias, Las gotas de la sabiduría se han vuelto de lodo. !Y aquella fria y desgarradora soledad que hiere las voces y las almas!
"Han visto al emperador?" pregunta Sun Li a la gente.
Los hombres subyugados por las mujeres. Mujeres que han vivido la tiranía de los hombres.
Todos llevan rótulos tatuados en sus cuerpos. Ellas llevan la huella del emperador perdido.
Ellos buscan sin cansancio a la dueña de la fuente. El arte del amor, se han desvirtuado.
Nadie bebe de la fuente de Jade, nadie ama con todas las fuerzas, nadie lee el peregrinar de la vida sobre las almas. Nadie tiene las respuestas
"¿Ha pasado por aquí el emperador del cielo?" Dice Sun Li y la gente ríe
Bancos de semen, fábricas de fetos. Masacre de abortos. Nalgas de aceite, senos de plastico, estiran, recortan y moldean las fatuas caretas con los ideales de un fantasma. Engaños y mentiras rondan el trono. Todos se inventan sueños que los llenan de coraje para el eterno olvido. Celos e injurias, dudas y oprobios, esclavitud y sadismo, son el pan cotidiano de la gente de Chou.
Cansada de buscar y no hallar, sube a lo alto de una montaña, contempla el mundo y ve que es demasiado arduo y extenso, para encontrar su amado. Sólo quedan en su mente los recuerdos de lejanos besos junto al maestro Ch'ien Chen. Había ido hasta lo más bajo sin hallarle. O tal vez sería que estaba en el camino equivocado. No eran sesenta y cuatro sino cuatro mil noventa y seis. Justo el número de opciones que tenía para encontrarlo. No importaba. Las sacerdotisas del Cielo no se rinden. Reemprende su viaje y se va a vivir muy cerca del teatro Scala para no perder presentación ni estreno de ópera. Agota el repertorio de conciertos mundiales, viajando continuamente y en todo lugar que visita, lo busca, en discotecas, centros nocturnos, en audiciones de jazz, entre las comparsas de lujosos disfraces. Busca entre las ruinas de un antiguo oráculo. Descifra en los jeroglíflicos, alguna pista en clave que fuera un indicio del lugar donde se hallaba. Dibuja su rostro y lo enseña a la gente, en pasquines, en propaganda aérea y ofrece recompensas. Profana museos, burlando los guardias, y en las noches entre pasillos y obras de arte, los retratos negaban haberlo visto. Busca cuidadosamente una huella en un oscuro manuscrito, en un ánfora, en alguna pincelada precisa que defina que él es el autor. Entre los estantes de las bibliotecas pasa largas horas, a la caza de un soneto, una oda, una canción que sea comparable al estilo de Ch'ien Chen. Frecuenta torneos, estadios, coliseos, canchas, balnearios. Por boscosos jardines, en restaurantes, en teatros, callejuelas y en trenes subterráneos, busca su presencia entre la gente. No pierde detalle de algún acertijo en un grafitti urbano, devela paradojas, resuelve teoremas. Un día esta en Franfurt, al siguiente en Pekín, un día recorre, avenidas y terraplenes, ermitas y monasterios y al otro, busca a su maestro en bancos y hoteles, en circos, festejos y conferencias. Lo busca en la red, en los diarios, en albergues y hospitales, en centros de capacitación, colegios y universidades. Abraza religiones buscando en los adeptos una plegaria, un gesto o algo que le diga que "es él" . Debajo de los puentes, en los rascacielos, en los jardines botánicos, en los zoológicos, en los campeonatos de pesca, en las tertulias, en los lanzamientos de libros, en las ferias, en los baños termales. En las tertulias, en los lanzamientos de libros, en las ferias, en los baños termales. En los cursos de superación, en sus sueños, entre los niños, en los talleres, en las dependencias administrativas de las principales ciudades, pero todo es en vano. Nadie le conoce, nadie le ha visto. Sólo le restaba olvidarse del Cielo, creer que tan sólo habia sido un sueño y esperar la muerte. Llegaría derrotada y ya no la dejarían entrar. Peor muerte no puede haber: Estar sin su maestro.
Llora mucho, luego para consolarse un poco, revisa en su agenda los lugares que ha visitado. Faltaba uno. Sin duda, era su última opción. Y se pone en marcha, Llega a un castillo medieval en una campiña francesa donde un hombre muy extraño suele desafiar a los mejores jugadores de ajedrez en el mundo.
Ante el llamado de Sun Li, un respingado mayordomo abre la puerte. Caminan sobre baldosas blancas y negras, observa con asombro lámparas brillantes, finas alfombras, relojes y cuadros familiares. La conduce hasta una habitación con muchos espejos y le pide que espere. Un hombre parece meditar en la penumbra. Frente a él un tablero de ajedrez con fichas de cristal. Ella nota su presencia y dirigiéndose a él le dice: "Acepto el reto" . El hombre sonríe. "Las damas comienzan" - responden Ch'ien Chen
Ella adelanta sus peones. El maestro despeja el camino y saca su alfil. La reina se desliza por lineas y columnas arrastrando a su paso lo que encuentra. Ch'ien Chen siente que el caldero de su corazón se agita salvajemente. Evade un jaque. Ella envía un peón con un claro mensaje. "Es asunto de amores". El maestro la mira fieramente. Chi'en Chen intuye que una fuerza extraordinaria despertará al emperador, la reina no se rinde, disimula su fiereza ofreciendo una torre. El rey avanza y enfrenta a la dama. Esta decidido a dar fiera batalla. Busca el recinto de las joyas, invade sus territorios, avanza y retrocede. Son dos locos de atar en la tercera luna, buscando el aljibe donde brota el agua de la fuente de Jade. Una ola de amor se estrella en las orillas de sus almas. Sun Li se desespera. No encuentra escapatoria. Se halla en una esquina a la suerte de el rey. Ch'ien Chen planea la estrategia. Y ataca cómo un tigre blanco que quiere calmar su sed. La flor de loto es una aurora boreal cuando emanan sus elixires el sol y la luna. El emperador ejerce el equilibrio y pone en jaque a su enemiga que se desborda plena de gozo en la tormenta de los siete colores. Era un hecho, la había derrotado en una guerra frontal. Con ello, no sólo regresaría al Cielo sino que el venerable contrincante la habia honrado como a toda una reina de las sesenta y cuatro artes
El maestro Ch’ien Chen queda a solas con Sun Li. En el sagrado recinto, un ambiente perfumado parece brotar de los rincones. Las frutas exhalan su fragancia y el té servido en ligeros vasos de fina porcelana, humea lentamente.
Desanuda el cinturón de seda roja y deja caer la túnica a sus pies. A Sun Li, se le suben los colores al rostro cuando ve el desnudo cuerpo del maestro Ch’ien Chen. - No temas, mi flor- y diciendo esto, se da vuelta y ofrece a su vista, en erguido vuelo, su pájaro carmesí. El maestro abraza a Sun Li por la espalda. Ella puede sentir la virilidad de Ch’ien Chen a través del rojo jubón. La lira deja sentir sus melodiosos tonos. La túnica de Sun Li, ya no está en su cuerpo. El emperador luce orgulloso, como un guerrero de la dinastía Ming. Ch’ien Chen pronuncia las palabras:
”El poder del amor, es la fuerza de la creación. Ying y Yang deben estar en perfecta unión, como una flor de loto abierta al universo. Tu eres mi diosa y yo soy tu dios.”
Sun Li, se inclina ante el emperador y tomándolo entre sus manos, lo envuelve en un sutil aroma a sándalo. Lo mira y besaba como se miran y besan los cartuchos en abril. El maestro mira a Sun Li, con infinita dulzura.
El maestro Ch’ien Chen pone su mano en la sagrada gruta y al ver que Sun Li imita las voces de las ocas bajo el cielo añil, le separa las piernas y al besar sus labios, es un tigre blanco sediento del manantial de la vida.
Húmeda es la gruta secreta donde el emperador tañe las cuerdas de la lira de la indefensa Sun Li. Ella se abraza al amante, como una flor desfalleciente. Pero el emperador va y viene en frenético vigor, como quien busca un tesoro de piedras preciosas. La lengua del maestro recorre paciente, valles y bosques, montañas y ríos, abismos y selvas. Besa, muerde, olfatea y ara el vientre de Sun Li, quien goza y bebe de los labios de su maestro, los jugos de su amor.
El maestro brinda a su amada el elixir de las tres cumbres, que hace que Sun Li vuele como un ave fénix en los fuegos de la pasión y que la explosión de mil soles la bañe con su luz.
El emperador gana la batalla una vez más. La cabeza de tortuga ha penetrado al pozo de los peces y bebido de la fuente y del cántaro de su amada. Sun Li se deja adormecer mientras el maestro pone en su cuerpo flores y guirnaldas.
II
Al despertar Sun Li, siente que el maestro Ch’ien Chen la observa. Ch’ien Chen sonríe imponente. Sun Li viste el jubón rojo hasta sus pies, recoge sus cabellos en una larga trenza que teje cuidadosa. Entonces le pregunta al maestro: “¿Cuándo seré reina de las sesenticuatro artes?”
“Primero, recuerda- dice Chìen Chen- que las sesenticuatro artes son todas un comienzo no un fin. Son las notas de una dulce melodía, la del amor. Son la clave para ser feliz y te ayudaran a ser perfecta. ¿Conoces las tablillas de jade de las sacerdotisas del cielo? El maestro puede leer en sus ojos la respuesta, entonces continua:
"Amaras a tu amado con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu espíritu. Serás para tu dueño un templo sagrado, donde sólo entre él en su regocijo. Le darás y harás todo lo que quieres para ti misma. No le mentirás ni le traicionarás. No le negarás. Te esforzarás por elevar vuestra espiritualidad. Le darás paz.
Sun Li pregunta de nuevo: “Maestro, ¿Cuáles son las sesenticuatro artes?”
A lo que respondió el maestro: ”Sun Li, no te alcanzaría la vida para aprenderlas todas. Además porque cada una se divide a su vez en sesenticuatro artes menores.
Y a continuación pronunció una a una las sesenticuatro artes hasta que terminó la lista: “El canto, la música, la danza, la escritura, el dibujo, la pintura, la costura, la lectura, la declamación, la poesía, la escultura, la gimnasia, los juegos, el arreglo floral, la cocina, la mímica, la dramatización, los ejercicios mentales, los idiomas, la etiqueta, la arquitectura, la economía, el disfraz, el deporte, el arte marcial, el masaje, la relajación, el buen humor, el amor trascendental, el vestido, la oratoria, el silencio interior, el aseo exterior, el aseo interior, la fotografía, los primeros auxilios, la caligrafía, la enseñanza, la religión, la panadería, la pastelería, el ahorro, la decoración, la botánica, la floricultura, la Piscicultura, la improvisación, la composición, la curación con las manos, la curación con las palabras, la digitopresión, el recordar el pasado, el adivinar el futuro, la crianza, el tejer, el hilar, el tocar instrumentos, el consejo, el narrar cuentos, la defensa, el amor, el olvido, el vivir y el morir”.
III
Las cosas en la Capital del Cielo, no pueden ir mejor. Sun Li recorre descalza, corderita de negro cabello al viento, en los jardines sembrados de ciruelos.
En el espejo del lago Sagrado, dos hermosas garzas se besan y entrelazan en el cántico eterno de la creación.
El tigre blanco la miraba de lejos. Tan ardiente era su mirada que Sun Li puede sentirla.
Se deja llevar por sus propios pensamientos en si es más importante la técnica de las artes o el amor que siente por Ch’ien Chen. ¿Amaba ella más al emperador que al maestro?
Frente al maestro Ch’ien Chen, caballos, alfiles y peones están listos para la dura lid.
Un ave lleva un mensaje de amor a su adorada, una blanca paloma, que ella recibe y lee silenciosa.
Por los dorados caminos de bambú, llega hasta el Templo del Loto Sagrado, donde se encuentran y al juntar sus pechos en un abrazo infinito, el caldero de sus corazones destila ese sublime fuego que invade sus cuerpos.
Sun Li deja caer su vestido sobre el pulido piso. Ch’ien Chen la besa con ardiente deseo. Bañándose en caricias protegen sus auras. Los senos de Sun Li son palomas en las manos de Ch’ien Chen. El monje se apresta a perseguir a la reina, en un salvaje caballo blanco, de audaz galope. El corazón se agita. Los cuerpos se estremecen. Mueve Ch’ien Chen el alfil. Sun Li captura la blanca torre. Sus bocas se unen en legendarios besos. Avanza el héroe hacia el misterioso recinto. Ensarta la perla en su unicornio. Desea cautivar con su coraje y majestad, a su dama, danzando entre sus brazos. La lluvia humedece los jardines de Sun Li. La reina inicia la batalla. Perfumes y aromas se enredan en sus cuerpos que luchan fieramente como dos dragones en el Valle de los Silencios. La torre se agita en espasmos suaves y profundos de eneafónico ritmo pero cuando invade majestuoso el territorio, el emperador brinda a la dama el tercer misterio, al besar la fuente del cinabrio con una cascada cristalina de incomparable altura.
Ch’ien Chen palidece por un instante. Sabe perfectamente cual es la fuente de la inmortalidad. La emisión se permite entre los humanos porque son mortales. Sun Li ha derrotado al rey en una guerra frontal. La fortaleza de la dama puso en jaque al emperador.
Sun Li, sabe lo que debe hacer. Tres sacerdotisas la acompañan hasta la salida del regio Templo a donde sólo regresará si trae con ella el verdadero tronco de jade.
IV
Sun Li se sintió más sola que nunca. Atraviesa la inmensa landa que separa los bosques y jardines del reino, de los escarpados dominios del Duque Chou- Tsé. Camina bajo el ardor del verano. Lastima sus pies transitando las lajas del interminable sendero. Cruza el antiguo puente de piedra del imperio del cielo. Saluda a los rebaños de hoces que cortan espigas en los campos de arroz. Muy bien sabe que su dominio de las sesenticuatro artes era su mejor arma para defenderse, en el reino del tirano Chou-Tse.
Llega al atardecer a una aldea de techos de pizarra, con una plaza central y una pagoda frente a la cual hormiguea el bullicio de una extraña gente que no parece recordar la más antigua de las artes. Al puerto del reino llegan barcos con adustos piratas que por tres cuñados de plata venden y trafican la inocencia de niños.Son los despreciados que recorren las calles en el negocio cotidiano de las caricias profanas. Los condes por delantelos favores de atractivos jovencitos que pierden el pudor adolescente.Sinceros e inconstantes. Cobardes en huída a la fragua del yunque.
En los campos, no crecen espigas ni dulces pomelos, son campos de batalla donde salta la sangre de los guerreros. El odio desconoce el amor. La guerra y el hambre se leen en los ojos de los niños y los ancianos. En los suntuosos palacios el duque Chou Tsé tiene hermosas mujeres que azotan a sus hombres con látigos negros. Y en recintos ocultos, mujeres con mujeres, hombres con hombres entregados al culto de la serpiente invertida. En el comercio, las mujeres enseñan sus cuerpos, la gente observa cómo ellas se quitan las prendas con sensuales movimientos. Hay masturbatorios donde los hombres cargan el bastón de la derrota. Ebrios y ciegos que se acuestan en el vómito de otros.
Se celebran orgías de absurda naturaleza con pájaros y bestias, Las gotas de la sabiduría se han vuelto de lodo. !Y aquella fria y desgarradora soledad que hiere las voces y las almas!
"Han visto al emperador?" pregunta Sun Li a la gente.
Los hombres subyugados por las mujeres. Mujeres que han vivido la tiranía de los hombres.
Todos llevan rótulos tatuados en sus cuerpos. Ellas llevan la huella del emperador perdido.
Ellos buscan sin cansancio a la dueña de la fuente. El arte del amor, se han desvirtuado.
Nadie bebe de la fuente de Jade, nadie ama con todas las fuerzas, nadie lee el peregrinar de la vida sobre las almas. Nadie tiene las respuestas
"¿Ha pasado por aquí el emperador del cielo?" Dice Sun Li y la gente ríe
Bancos de semen, fábricas de fetos. Masacre de abortos. Nalgas de aceite, senos de plastico, estiran, recortan y moldean las fatuas caretas con los ideales de un fantasma. Engaños y mentiras rondan el trono. Todos se inventan sueños que los llenan de coraje para el eterno olvido. Celos e injurias, dudas y oprobios, esclavitud y sadismo, son el pan cotidiano de la gente de Chou.
Cansada de buscar y no hallar, sube a lo alto de una montaña, contempla el mundo y ve que es demasiado arduo y extenso, para encontrar su amado. Sólo quedan en su mente los recuerdos de lejanos besos junto al maestro Ch'ien Chen. Había ido hasta lo más bajo sin hallarle. O tal vez sería que estaba en el camino equivocado. No eran sesenta y cuatro sino cuatro mil noventa y seis. Justo el número de opciones que tenía para encontrarlo. No importaba. Las sacerdotisas del Cielo no se rinden. Reemprende su viaje y se va a vivir muy cerca del teatro Scala para no perder presentación ni estreno de ópera. Agota el repertorio de conciertos mundiales, viajando continuamente y en todo lugar que visita, lo busca, en discotecas, centros nocturnos, en audiciones de jazz, entre las comparsas de lujosos disfraces. Busca entre las ruinas de un antiguo oráculo. Descifra en los jeroglíflicos, alguna pista en clave que fuera un indicio del lugar donde se hallaba. Dibuja su rostro y lo enseña a la gente, en pasquines, en propaganda aérea y ofrece recompensas. Profana museos, burlando los guardias, y en las noches entre pasillos y obras de arte, los retratos negaban haberlo visto. Busca cuidadosamente una huella en un oscuro manuscrito, en un ánfora, en alguna pincelada precisa que defina que él es el autor. Entre los estantes de las bibliotecas pasa largas horas, a la caza de un soneto, una oda, una canción que sea comparable al estilo de Ch'ien Chen. Frecuenta torneos, estadios, coliseos, canchas, balnearios. Por boscosos jardines, en restaurantes, en teatros, callejuelas y en trenes subterráneos, busca su presencia entre la gente. No pierde detalle de algún acertijo en un grafitti urbano, devela paradojas, resuelve teoremas. Un día esta en Franfurt, al siguiente en Pekín, un día recorre, avenidas y terraplenes, ermitas y monasterios y al otro, busca a su maestro en bancos y hoteles, en circos, festejos y conferencias. Lo busca en la red, en los diarios, en albergues y hospitales, en centros de capacitación, colegios y universidades. Abraza religiones buscando en los adeptos una plegaria, un gesto o algo que le diga que "es él" . Debajo de los puentes, en los rascacielos, en los jardines botánicos, en los zoológicos, en los campeonatos de pesca, en las tertulias, en los lanzamientos de libros, en las ferias, en los baños termales. En las tertulias, en los lanzamientos de libros, en las ferias, en los baños termales. En los cursos de superación, en sus sueños, entre los niños, en los talleres, en las dependencias administrativas de las principales ciudades, pero todo es en vano. Nadie le conoce, nadie le ha visto. Sólo le restaba olvidarse del Cielo, creer que tan sólo habia sido un sueño y esperar la muerte. Llegaría derrotada y ya no la dejarían entrar. Peor muerte no puede haber: Estar sin su maestro.
Llora mucho, luego para consolarse un poco, revisa en su agenda los lugares que ha visitado. Faltaba uno. Sin duda, era su última opción. Y se pone en marcha, Llega a un castillo medieval en una campiña francesa donde un hombre muy extraño suele desafiar a los mejores jugadores de ajedrez en el mundo.
Ante el llamado de Sun Li, un respingado mayordomo abre la puerte. Caminan sobre baldosas blancas y negras, observa con asombro lámparas brillantes, finas alfombras, relojes y cuadros familiares. La conduce hasta una habitación con muchos espejos y le pide que espere. Un hombre parece meditar en la penumbra. Frente a él un tablero de ajedrez con fichas de cristal. Ella nota su presencia y dirigiéndose a él le dice: "Acepto el reto" . El hombre sonríe. "Las damas comienzan" - responden Ch'ien Chen
Ella adelanta sus peones. El maestro despeja el camino y saca su alfil. La reina se desliza por lineas y columnas arrastrando a su paso lo que encuentra. Ch'ien Chen siente que el caldero de su corazón se agita salvajemente. Evade un jaque. Ella envía un peón con un claro mensaje. "Es asunto de amores". El maestro la mira fieramente. Chi'en Chen intuye que una fuerza extraordinaria despertará al emperador, la reina no se rinde, disimula su fiereza ofreciendo una torre. El rey avanza y enfrenta a la dama. Esta decidido a dar fiera batalla. Busca el recinto de las joyas, invade sus territorios, avanza y retrocede. Son dos locos de atar en la tercera luna, buscando el aljibe donde brota el agua de la fuente de Jade. Una ola de amor se estrella en las orillas de sus almas. Sun Li se desespera. No encuentra escapatoria. Se halla en una esquina a la suerte de el rey. Ch'ien Chen planea la estrategia. Y ataca cómo un tigre blanco que quiere calmar su sed. La flor de loto es una aurora boreal cuando emanan sus elixires el sol y la luna. El emperador ejerce el equilibrio y pone en jaque a su enemiga que se desborda plena de gozo en la tormenta de los siete colores. Era un hecho, la había derrotado en una guerra frontal. Con ello, no sólo regresaría al Cielo sino que el venerable contrincante la habia honrado como a toda una reina de las sesenta y cuatro artes
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