
“El farolito de la calle en que nací
Fue centinela de mis promesas de amor
Bajo su quieta lucecita yo la vi.
A mi pebeta luminosa como un sol”,
y en esta ciudad donde repican al viento las campanas, Carlitos había vivido a la intemperie y padecido hambres. Debió caminar descalzo por las plazas de mercado en busca de un mendrugo de pan o del calor de una fogata. Fue un ladronzuelo más en el Abasto. Aprendió a rasguear la guitarra y a defenderse, facón en mano, entre las botas de sudorosos payadores que traían en las frentes las arrugas de Martín Fierro y en las manos la argucia del domador, cual viva estampa del compadre, del mismo que se lanza sin temores al armónico ritmo de una tonada porteña.
Y se transformó en un guapo y ardiente trovador con cabello negro engominado, piel de perla y sonrisa perfecta, con ojos negros y profundos, alegres y brujos.
Doña Berta se ufanaba al calor de una planchita de carbón para que los pliegues de la camisa lucieren perfectos mientras Carlitos recibía los aplausos en los cafés parisienes bebiendo coñac y champagne, robando besos a las coristas y entonando junto a un piano una canción:
“Mi corazón, barco sin puerto
Por todas las rutas de ilusión,
Encontró el fin de su desierto
la del azul de un viejo amor
Por tus ojos negros que en una tarde lloraron
y que se iluminaron hoy te vuelvo a cantar
y en el lejano cielo todo un rosario de estrellas
siguieron tras las huellas de mi peregrinar”.
En París, como buen galán de la “belle époque” hace uso de su acostumbrado romanticismo, en especial con Le Pera quien como un perro fiel no se le separa un instante, junto al cual tiene la brillante idea de componer sus más hermosas canciones: “Melodía de Arrabal” “guitarra mía” “Cuesta abajo”, "Amores de estudiante”.
Por destino o casualidad, uno era el arpa, el otro la poesía, uno el canto, el otro el instrumento, la luz y el color creando juntos. Agua y burbuja.
Pero tanto éxito y compromiso hizo que a menudo discutieran bajo la disculpa del despilfarro.
Solo una persona se había percatado del terrible secreto.
Rosita Moreno vivía a tres cuadras de la calle Corrientes y su trabajo de actriz y bailarina la hizo encarnar en la compañera perfecta de Gardel en “El día que me quieras” y en ‘Tango Bar”. Era menuda y pálida, con cierta laxitud en la mirada que transmitía en el suspiro, en el llanto o en la furia de una mujer fatal.
Carlitos sentía por ella una rara fascinación. Buscaba en sus labios lo que no podía darle a Isabelita, la mujer con quien había hecho público su compromiso y a la que temía defraudar.
Rosa seguía viviendo en la realidad ese mundo de plumas, chifones y pieles que solía dramatizar en sus películas, pendiente de las cartas de Gardel y de sus giras. Salieron de su bolsillo, trajes de gala, joyas y conciertos y el dinero que a veces le prestaba a Carlos para ir al hipódromo... con Le Pera.
Se volvieron amantes. Fueron largas las noches a la luz de un candil, embriagados de besos y de tangos, enredados en una pasión sin límites, uniendo sus cuerpos y sus almas. Entonces Carlitos solía declamar:
“El día que me quieras no habrá mas que armonía
Será clara la aurora y alegre el manantial
Traerá quieta la brisa rumor de melodía
Y nos dirán las fuentes su canto de cristal.”
Rosita haría cualquier cosa por Gardel y él lo sabia. Una noche le dijo con lágrimas en los ojos: ”Te amare hasta más allá de la muerte.”
Pero Gardel volvió a frecuentar a Isabelita con quien parecía divertirse en las carreras de caballos y en las fiestas de disfraces donde acudían presurosos en un cadillac amarillo. La boda era inminente e inaplazable. Luego de su gira por Panamá y Colombia darían el sí en la catedral del puerto.
Rosita Moreno dejaba desbordar los lagos de sus ojos. Hasta pensó en aceptar el matrimonio con un monsieur francés, pero le era imposible, llevaba el perfume de Gardel aferrado a su piel como una madreselva a una pared.
Estando en Medellín recibió un telegrama que decía: “Espero tu regreso... no me dejes. Tu Rosa”.
En sus negros ojos había una chispa de añoranza por los tiempos idos y doblando el papel, lo guarda en su chaleco al tiempo que murmura: “Mi Rosa”.
Al entrar en el avión Le Pera no puede disimularlo e increpa a Gardel. Los insultos van y vienen en lunfardo, forcejean, hay gritos, detona un arma, todo es confusión.
Entretanto, Rosita Moreno contesta el teléfono que trae la fatídica noticia.
Rosita siente enloquecer, se asoma al balcón de su cuarto. No, no, grita. El eco se pierde en la noche serena. Llora en el borde del balcón.
Dicen que la oyeron cantar:
Cuando tu no estas
La flor no perfuma
Si tú te vas me envuelve la bruma
Y el sol, el mar, la luna y las estrellas
Pierden para mí su seducción....
2 comentarios:
No sabe la niña nada sobre Gardel no?
Excelente. Felicitaciones. Que letras mas lindas las de esos tangos que los hemos escuchado mil veces pero que al leerlos, cualquier desprevenido las saborea en su esencia. Dentro de tu escrito, caen como anillo al dedo. Muy bien. Elizabeth M.V.
Mil gracias Elizabeth. Tú bien sabes como me encanta el tango..Y lo he realizado con mucho cariño...evoca nuestra infancia, nuestro padre y esa época que ya sabes fué muy importante para nosotras. Te amo. Bienvenida siempre a este blog.
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